JOAQUIN RODRIGO VIDRE (1901-1999)
VIDA Y OBRA
2. OBRA
A lo largo de su vida como compositor, desde 1922 hasta 1987,
Joaquín Rodrigo, que compuso unas ciento setenta obras
musicales, escribió en casi todas las formas.
Conciertos
La más
célebre de todas las composiciones musicales de Joaquín
Rodrigo, una de las piezas predilectas del siglo veinte para todos
los públicos, es el primero de sus once conciertos, el
Concierto de Aranjuez para guitarra y orquesta, de 1939. El éxito
de esta obra ha sido extraordinario, y su fama ha eclipsado la
de otros dos conciertos para guitarra, también populares,
creados más o menos al mismo tiempo que el Concierto de
Aranjuez, el del italiano Castelnuovo-Tedesco, y el Concierto
del sur de Manuel Ponce, mejicano que había sido condiscípulo
de Joaquín Rodrigo en la clase de Paul Dukas en la Ecole
Normale diez años antes. El éxito que obtuvo el
primer concierto suyo, para la combinación entonces poco
común de guitarra y orquesta clásica, animó
a Rodrigo a componer otros dos conciertos en los cuatro años
posteriores, para los instrumentos más favorecidos de todos,
el Concierto heroico para piano (1942), y el Concierto de estío
para violín (1943), los dos bien distintos el uno del otro
y también del espíritu y ambiente que se encuentran
en el Aranjuez. El primero, la más impresionante de todas
las obras orquestales del Maestro, rinde homenaje a la gran tradición
europea del concierto romántico, a pesar de su inspiración
particular fundamentalmente española. El segundo, de inspiración
más clásica e incluso mediterránea, es una
obra sumamente original y atractiva, con un primer tiempo que
el crítico Federico Sopeña ya calificó en
1946 como la obra de Rodrigo más lograda hasta la fecha.
El violonchelo es el protagonista de otra obra importante, escrita
en 1949 para Gaspar Cassadó, el Concerto in modo galante,
lleno de temas memorables, muchos de ellos de inspiración
folklórica. Escribió un segundo concierto para el
mismo instrumento más tarde, en 1982, a petición
del virtuoso inglés, Julian Lloyd Webber, el Concierto
como un divertimento, obra distinguida sobre todo por su segundo
tiempo, de excepcional belleza. Otra obra que posee todas las
mejores cualidades de Rodrigo es el Concierto Serenata para arpa
y orquesta, escrito en 1952 para el célebre Nicanor Zabaleta,
y que capta el carácter esencial del instrumento con una
profusión de temas memorables y una alegría que
recuerdan a Haydn. En 1977, fue el irlandés James Galway,
gran virtuoso de la flauta, quien le encargó un concierto
para este instrumento : el concierto Pastoral. El propio Galway
lo estrenó en Londres con gran éxito de público.
Se trata de una obra fascinante, relacionada indirectamente con
el concierto para violín de 1943 en la dificilísima
figuración de su primer tiempo y el encanto melódico
del segundo.
En cuanto a los
cuatro conciertos para una o más guitarras que siguieron
al Concierto de Aranjuez, constituyen una parte importantísima
e indispensable del repertorio de los guitarristas. Aparentemente
Rodrigo no quería ensayar una repetición de su primer
concierto, a pesar del éxito que había tenido éste,
hasta que el célebre guitarrista Andrés Segovia
se lo pidió, en 1954. La obra creada para el maestro, la
Fantasía para un gentilhombre, pronto entusiasmó
al público tanto como el Concierto de Aranjuez. Se hizo
así la segunda obra más popular de Rodrigo, compañera
casi inseparable del Aranjuez en grabaciones discográficas
e incluso a veces en conciertos. Sin embargo, es una obra bien
distinta de su predecesora, una 'suite' de tiempos cortos basados
en melodías y danzas recogidos por Gaspar Sanz, músico
de la corte de Felipe IV, que Rodrigo trabajó, desarrolló
y orquestó de una manera sumamente atractiva. Los dos conciertos
posteriores, Madrigal y Andaluz, fueron compuestos casi al mismo
tiempo, entre 1966 y 67, pero son totalmente distintos el uno
del otro. El primero de los dos, para dos guitarras, está
basado en el famoso madrigal renacentista O felici occhi miei
de Jacques Arcadelt. Es otra vez una 'suite', pero los diez tiempos
de este concierto representan uno de los mayores logros del compositor,
quien compuso con ellos unas de las páginas de mayor inspiración
y maestría en el arte de evocar el espíritu de la
España del siglo de oro. El Concierto andaluz, para cuatro
guitarras, es una obra en la que el carácter de Andalucía,
o mejor dicho el espíritu fundamental de su arte popular,
ha sido captado por el compositor valenciano con la misma devoción
con que siempre rindió homenaje a las distintas regiones
y culturas de España. El impresionante ciclo de once conciertos
de Joaquín Rodrigo se cierra con el Concierto para una
fiesta, escrito en 1982 con perfecto simbolismo, en un retorno
al concierto para una sola guitarra y orquesta. Este concierto
se escribió, como la mayoría de los demás,
para un gran virtuoso del instrumento, Pepe Romero. En este último
concierto, Rodrigo también quiso exigir una maestría
excepcional al solista, animándole a buscar nuevos niveles
en la técnica y la expresión. El autor, cumplidos
ya los 80 años, buscó, también en esta obra,
nuevos horizontes.
Obras para
orquesta
Aparte de los
conciertos, Joaquín Rodrigo compuso, a lo largo de su carrera,
importantes obras para orquesta. Hay piezas cortas para orquesta
de cuerdas, composiciones para grupos de instrumentos particulares,
obras para voz y orquesta, y grandes poemas sinfónicos.
Con una de sus primeras obras orquestales, Cinco piezas infantiles,
Rodrigo llamó la atención de los críticos
franceses en 1929, y el poema sinfónico Per la flor del
lliri blau mereció el primer premio del Círculo
de Bellas Artes de Valencia en 1934, junto con la admiración
de sus paisanos y profesores. Las dos obras demuestran ese don
lírico que distingue la música de Rodrigo, además
de su admirable arte para la orquestación. Hay obras de
una extraordinaria delicadeza de sentimiento, como la Cançoneta
de 1923 para solo de violín y orquesta de cuerdas, y la
Zarabanda lejana y villancico, también para orquesta de
cuerdas, de 1930. La primera parte de esta obra se escribió
primero para guitarra, y hay también una versión
para piano, pero no se percibe ninguna huella de las primeras
creaciones en la versión orquestal, tal es la maestría
de la adaptación. La variedad de la música de Joaquín
Rodrigo se hace patente si se comparan estas obras con la alegría
dieciochesca de Soleriana (1953), el solemne Adagio para instrumentos
de viento (1966), o el precioso mundo de la Música para
un jardín, donde cada pieza se parece a los haikus japoneses
en su rara perfección. Conviene destacar también
A la busca del más allá (1976), obra magna compuesta
con motivo del bicentenario de los Estados Unidos, e inspirada
en los viajes de los astronautas por una parte y las maravillas
del universo por otra. No hay que olvidar que cuando Joaquín
Rodrigo escribió su primer concierto, el Aranjuez, cuya
perfección orquestal siempre se subraya, ya llevaba más
de quince años componiendo para orquesta.
Obra vocal
Joaquín
Rodrigo siempre mantuvo que sus canciones forman la parte más
importante de su producción musical, aparte de los conciertos.
La fascinación que desde niño sintió por
la literatura de su país le condujo a menudo hacia esta
forma de composición, bien con piano o con guitarra, bien
con orquesta. Como Richard Strauss, Rodrigo sintió durante
toda su vida un amor imperecedero por la voz de soprano, que es
la protagonista indicada de casi todas sus canciones. Ya en los
primeros años de su carrera, le atraían versos de
los grandes poetas de España, como el de Gil Vicente Muy
graciosa es la doncella, los del Marqués de Santillana,
o, algo más tarde, San Juan de la Cruz y Lope de Vega.
Todo le sirvió al compositor -romances viejos, canciones
anónimas del siglo quince, versos de comedias, literatura
barroca, poesía romántica, versos de Rosalía
de Castro, de Antonio Machado, de Juan Ramón Jiménez.
En sus grandes obras para voz y orquesta, Ausencias de Dulcinea,
Música para un códice salmantino, el Cántico
de San Francisco de Asís, Rodrigo no temió poner
música a letras de las figuras más consagradas de
la novela, la filosofía o la religión. En estas
tres obras, como también en la mayoría de sus canciones,
se nota sobre todo la habilidad del compositor para hermanar ideas
musicales con poesía de la más alta calidad. Ciclos
como los Cuatro madrigales amatorios, Rosaliana, o Con Antonio
Machado se encuentran al lado de piezas sueltas, o pequeños
grupos de canciones. Hay también composiciones de tipo
popular, como el ciclo de las Doce canciones españolas,
o -de otra época- las Cuatro canciones sefardíes,
pero Joaquín Rodrigo también compuso la extraña
y conmovedora música, antigua y moderna al mismo tiempo,
de las Líricas castellanas de 1980. Con a esta producción
impresionante de obras corales y alrededor de sesenta canciones,
no hay duda de que Joaquín Rodrigo debería ser considerado
uno de los maestros españoles del arte vocal.
Música
instrumental
Es una sorpresa
para muchos aficionados a la música descubrir que el compositor
español que más se asocia con la guitarra, en realidad
no sabía tocarla. Rodrigo no solamente escribió
cinco conciertos para dicho instrumento; también contribuyó
al repertorio con más de veinte obras para solo de guitarra,
entre ellas dos sonatas y tres grupos de tres piezas cada uno.
En la mayoría de estas obras Rodrigo se revela como el
último de los compositores españoles que se mantuvieron
tan definidamente dentro de una reconocida tradición nacional,
y así, obras como En los trigales, Bajando de la meseta,
o Junto al Generalife han entrado en el repertorio de la guitarra
para alborozo de intérpretes y de público. Algunas
de esta piezas de Joaquín Rodrigo ya son consideradas clásicas.
Pero existen también algunas obras escritas en un lenguaje
más original y mucho más difícil un
rasgo común, hay que subrayarlo, en las distintas categorías
de la producción musical de Rodrigo - entre ellas una de
las piedras fundamentales del repertorio y una reconocida obra
maestra, Invocación y danza de 1962, profundo homenaje
a la música y a la figura humana de Manuel de Falla.
La obra de Rodrigo
(que era pianista) para piano incluye una serie de homenajes musicales
inspirados en los grandes del pasado (Cinco piezas del siglo XVI),
en Scarlatti (Cinco Sonatas de Castilla con Toccata a modo de
Pregón), en la muerte de su maestro Paul Dukas (Sonada
de adios), o en la de su amigo, el gran pianista Ricardo Viñes
(A l' ombre de Torre Bermeja). Es de notar la variedad de estilo
presente en las más de cincuenta piezas de Rodrigo para
piano, desde la simplicidad de la Pastoral o la originalidad bitonal
del Preludio al gallo mañanero, con sus espeluznantes dificultades
técnicas, hasta esa Plegaria de la Infanta de Castilla
(una de las obras predilectas del autor) que tan profundamente
recrea el mundo medieval sin el menor dejo de pastiche. Los dos
obras, Cuatro piezas para piano de 1938 y Cuatro estampas andaluzas,
escritas entre 1946 y 54, sí pertenecen a la gran tradición
pianística española que se remonta a Granados y
a Albéniz, pero siempre se reconoce la individualidad musical
presente en todas estas piezas, y la perfecta hechura de cada
una de ellas. El importante estudio de Antonio Iglesias sobre
la obra pianística de Joaquín Rodrigo (véase
Bibliografía) da amplio testimonio del significado, calidad
y extensión que las obras de Rodrigo han aportado al repertorio
pianístico, desde la Suite para piano de 1923 hasta el
Preludio de añoranza de 1987.
El 'Opus1' de
Joaquín Rodrigo (aparentemente el compositor no quiso seguir
con esta forma tradicional de enumerar sus obras) son los Dos
esbozos para violín y piano, 'La enamorada junto al surtidor'
y 'Pequeña ronda'. Estas dos piezas encantadoras inician
el pequeño grupo de obras escritas para los dos instrumentos,
el violín y el piano, que Rodrigo aprendió a tocar
en su juventud, composiciones que fueron escritas entre 1923 hasta
1982. Entre ellas destacan el Capriccio escrito en homenaje a
Sarasate, de 1944, la Sonata pimpante de 1966, y la última
de estas obras, las Set cançons valencianes de 1982. Tanto
la Sonata como las Set cançons fueron compuestas para Agustín
León Ara, yerno del compositor e intérprete excepcional
también del Concierto de estío. Tradicional en su
forma musical, con sus clásicos tres tiempos, la Sonata
es una obra genial, llena de ideas y de texturas llamativas, y
en su segundo tiempo, de una conmovedora hondura emocional. El
mundo de las Set cançons es bien distinto, con ecos de
otras composiciones en las que Rodrigo estaba trabajando a principios
de los años ochenta, pero la obra se revela de vez en cuando
notablemente original, a pesar del esperado tono folklórico.
Existen también varias piezas sueltas para otros instrumentos,
siendo entre ellas quizás la más importante la Sonata
a la breve de 1977 para violonchelo y piano, que Joaquín
Rodrigo dedicó 'A Pablo Casals in memoriam'.
Joaquín
Rodrigo y su música
Desde la perspectiva
del año 2000 puede decirse que durante la segunda mitad
del siglo veinte la figura de Joaquín Rodrigo ha dominado
el mundo de la música clásica española de
la misma manera que lo hiciera Manuel de Falla durante la primera.
Los actos y conciertos que honraron a Joaquín Rodrigo con
motivo de su 90 aniversario en 1991 no sólo despertaron
sentidas muestras de afecto por parte de artistas y público
del mundo entero, sino también un merecido reconocimiento
por parte de los críticos del significado histórico
de su música. Prueba de ello fueron los numerosos artículos
que le fueron dedicados en aquél entonces; un brillante
análisis de la Zarabanda lejana, un interesante artículo
sobre el Concierto de estío, elogiosos comentarios sobre
Música para un códice salmantino o magníficas
críticas con motivo de los estrenos de las Líricas
castellanas o del Cántico de San Francisco de Asís.
La obra de Rodrigo, que para muchos había permanecido hasta
entonces desconocida, ya no se limitaba al Concierto de Aranjuez
y a la Fantasía para un Gentilhombre.
La música
de Rodrigo es fundamentalmente conservadora. Si a principios de
su carrera algunas de sus obras recordaban, por su lenguaje musical,
a las de sus contemporáneos europeos más distinguidos,
como Ravel o Stravinsky, pronto se encaminó hacia un futuro
propio y personalísimo basado en las tradiciones más
ricas de la cultura de su país. Su tarea él
mismo lo afirmó muchas veces- no era la de romper con el
pasado, establecer nuevas normas o crear nuevos horizontes para
el sonido. Otros ya lo hacían y seguirían haciéndolo.
Él buscaba algo diferente : rendir homenaje a maestros
e intérpretes con brillantes conciertos, sonatas y piezas
sueltas ; aproximarse a la poesía más inspirada
con música de parecida elocuencia ; dar nueva vida a letras
y música antiguas. El lenguaje musical de Joaquín
Rodrigo, salvo en raras ocasiones, ofrece pocas dificultadas.
Otros compositores, también muy significativos, han supuesto
también una continuación o culminación musical
de su tradición, y Rodrigo es quizá el último
representante importante de muchas de las tradiciones culturales
de su país, a las cuales siempre quiso ser fiel. Hojear
el Catálogo de sus obras es como contemplar una breve guía
de toda la cultura de España, y muchos le agradecerán
siempre el haber dado nueva vida a esa cultura, y a tantas formas
musicales clásicas al mismo tiempo, con obras originales
y bellas. No hay duda de que la importancia que Joaquín
Rodrigo significó en vida para la música española
permanecerá a lo largo de la Historia.
© Raymond
Calcraft
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