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Letra:
Oda
a Salamanca
Alto soto de torres que al ponerse
tras las encinas que el celaje esmaltan,
dora a los rayos de su lumbre el padre
sol de Castilla.
Bosque de piedras que arrancó
la historia
a las entrañas de la tierra madre,
remanso de quietud, yo te bendigo;
¡mi Salamanca!
Miras a un lado, allende el Tormes
lento,
de las encinas el follaje pardo,
cual el follaje de tus piedras, inmoble,
denso y perenne.
Y del otro lado, por la calva Armuña,
ondea el trigo, cual tus piedras, de oro,
y entre los surcos, al morir la tarde,
duerme el sosiego.
Duerme el sosiego y la esperanza
duerme:
de otras cosechas y otras dulces tardes,
las horas, al correr sobre la tierra,
dejan su rastro.
Al pie de tus sillares, Salamanca,
de las cosechas del pensar tranquilo,
que año tras año maduró en tus aulas,
duerme el recuerdo.
Duerme el recuerdo, la esperanza
fuerme,
y es el tranquilo curso de tu vida
como el crecer de las encinas: lento,
lento y seguro.
¡Oh!, Salamanca,
entre tus piedras de oro
aprendieron a amar los estudiantes,
mientras los campos que te ciñen, daban
jugosos frutos.
Del
corazón en las honduras guardo
tu alma robusta; cuando yo muera,
guarda, dorada Salamanca mía,
tú mi recuerdo.
Y cuando
el sol al acostarse encienda
el oro secular que te recama,
con tu lenguaje, de lo eterno heraldo,
di tú que he sido.
(M.
de Unamuno)
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